La discriminación por edad, conocida como edadismo, sigue siendo una barrera silenciosa pero profunda que afecta a millones de personas adultas mayores en México, desde el acceso al empleo hasta la atención médica. Así lo señaló la doctora Mireya Zamora Macorra, investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), quien advierte que este fenómeno social está basado en prejuicios y estereotipos negativos que colocan a las personas mayores como una población en “declive” y con escaso valor productivo. Según la especialista, el edadismo parte de ideas erróneas como la pérdida inevitable de capacidades cognitivas, habilidades laborales y salud con el envejecimiento, cuando en realidad el cerebro humano continúa generando conexiones neuronales a lo largo de la vida, lo que permite aprender, adaptarse y mantenerse activo. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas, y esto no solo afecta la salud física y mental de los adultos mayores, sino que también perjudica su bienestar social, su acceso a ingresos y los convierte en blanco de exclusión estructural y emocional.
En el ámbito laboral, esta forma de discriminación se manifiesta en ofertas de empleo que excluyen por edad, incluso a personas en plena capacidad productiva, entre los 40 y 50 años. “A pesar de contar con experiencia y habilidades, muchas personas mayores simplemente no son contratadas, lo que agrava su vulnerabilidad económica”, indicó Zamora. En el sector salud, el edadismo se traduce en consultas médicas más breves, falta de atención integral y una tendencia a remitir automáticamente a este sector a servicios geriátricos o psiquiátricos, sin considerar su individualidad. La OMS advierte que los efectos físicos del edadismo incluyen una menor longevidad, más enfermedades, uso inadecuado de medicamentos y mayor exposición a riesgos para la salud. En lo psicológico, puede provocar depresión, deterioro cognitivo e incluso pensamientos suicidas; en lo social, genera aislamiento, soledad, exclusión sexual y violencia. Además, el impacto económico es significativo: limita el acceso a fuentes de ingreso, lo que incrementa los niveles de pobreza e inseguridad económica en este grupo de edad.
Zamora subrayó que el mayor peligro del edadismo es que no solo excluye a los adultos mayores de forma institucional, sino también interiormente: muchos terminan creyendo que ya no pueden aprender, trabajar o ser útiles. “Esa percepción errónea puede generar ansiedad, depresión y un sentido de inutilidad que mina su bienestar emocional”, dijo. A esto se suma la falta de convivencia intergeneracional, que perpetúa estereotipos negativos y reduce las oportunidades de que las personas mayores sean reconocidas como miembros activos de la sociedad. Según proyecciones demográficas, para mediados de este siglo, 23 de cada 100 personas en México serán adultos mayores, por lo que el problema del edadismo se volverá aún más urgente.
Pese a este panorama, la especialista reconoció que en México se han hecho avances recientes para transformar la visión sobre el envejecimiento. Algunas instituciones han comenzado a promover políticas y campañas que buscan erradicar esta forma de discriminación, aunque todavía falta mucho por hacer. “La vejez no es sinónimo de deterioro, sino una etapa más de la vida, con posibilidades reales de aprendizaje, trabajo y aportación social. Debemos dejar de ver a los adultos mayores como una carga y empezar a reconocer su experiencia y su valor”, concluyó Zamora Macorra.

