Anya Josephine Marie Taylor-Joy nació el 16 de abril de 1996 en Miami, Florida, en una familia multicultural que fusiona raíces británicas, españolas, argentinas y escocesas. Su infancia transcurrió entre Buenos Aires y Londres, lo que moldeó una identidad bilingüe e intercultural que se refleja en su sensibilidad artística. Su rechazo inicial al inglés, no comenzó a hablarlo hasta los ocho años, ilustra una fuerte conexión con sus raíces hispanas y una tenacidad desde temprana edad.

Formada inicialmente como bailarina de ballet clásico, su aproximación a la interpretación fue espontánea, instintiva, no académica. A los dieciséis años fue descubierta por Sarah Doukas, fundadora de Storm Model Management, en las afueras de Harrods. Lo que parecía ser una carrera como modelo se transformó rápidamente en una plataforma para el cine, revelando una vocación actoral innata.
Identidad cultural y conexión con Argentina
Anya Taylor-Joy nunca ha dejado de reconocer la importancia de su identidad argentina. En entrevistas en inglés y español ha expresado que su corazón pertenece a la Argentina, un país donde vivió hasta los seis años y cuya cultura considera fundamental para su sensibilidad artística. En una rueda de prensa durante la promoción de Furiosa, manifestó su deseo de trabajar en cine hispanohablante: “Estoy esperando, por favor. Me gustaría hacer una película argentina, una película española, cualquiera. Quiero hablar en mi lengua”, declaró con entusiasmo. También expresó su admiración por Ricardo Darín, actor con el que le encantaría colaborar. Estas declaraciones no solo fortalecen su lazo emocional con el país, sino que han sido recibidas con calidez por parte del público latinoamericano, que la reconoce como una representante genuina de una identidad cultural híbrida, libre de fronteras lingüísticas o geográficas.
En varias oportunidades ha recordado que su infancia fue tan inmersiva en el español que se negó a aprender inglés hasta los ocho años, como una forma de aferrarse a sus raíces argentinas. Incluso conserva la residencia legal en el país, como ha comentado en entrevistas: “Tengo un pasaporte estadounidense, uno británico y la residencia en Argentina, lo cual me hace muy feliz porque me gustaría volver a vivir allí”. Esta afirmación, más allá del dato biográfico, revela un vínculo afectivo profundo, una elección consciente de mantener viva su pertenencia a un espacio cultural muchas veces marginado en las narrativas hollywoodenses. Su bilingüismo y su representación de lo latino fuera de los estereotipos tradicionales la convierten en un puente entre culturas, y en una figura que desafía los marcos identitarios rígidos en la industria del entretenimiento global.
Actuaciones
El verdadero parteaguas en la carrera de Joy llegó en 2015 con La bruja, ópera prima del director Robert Eggers. Su interpretación de Thomasin, la hija mayor de una familia puritana del siglo XVII acosada por lo sobrenatural, cautivó a la crítica por su mezcla de vulnerabilidad e inquietud contenida. El film, estrenado en Sundance, la consolidó como una actriz con una capacidad expresiva poco común. Ganó el Gotham Award como actriz revelación y el Empire Award a mejor actriz debutante. Desde entonces, su filmografía ha crecido en densidad y ambición. En 2016 protagonizó Morgan, un thriller de ciencia ficción, y Barry, donde encarnó a la novia del joven Barack Obama. Sin embargo, su papel en Múltiple (2016) de M. Night Shyamalan la catapultó nuevamente, al formar parte de una trilogía que culminó con Glass (2019), junto a Bruce Willis, Samuel L. Jackson y James McAvoy.
Si bien se consolidó como “scream queen” por sus incursiones en el terror psicológico (Thoroughbreds, Marrowbone, Última noche en el Soho), Taylor se distanció de esa etiqueta al aceptar papeles desafiantes en otros géneros. Uno de ellos fue Emma. (2020), adaptación del clásico de Jane Austen, donde reinterpretó a la carismática y manipuladora Emma Woodhouse. Pero fue en Gambito de dama (2020), miniserie de Netflix basada en la novela de Walter Tevis, donde alcanzó fama internacional. Su encarnación de Beth Harmon, una huérfana prodigio del ajedrez que enfrenta adicciones, machismo y traumas, no solo rompió récords de audiencia, sino que revitalizó el interés global por el ajedrez. Taylor-Joy ganó el Globo de Oro y consolidó una imagen compleja y magnética, capaz de reflejar sofisticación emocional y una extraña vulnerabilidad.
Uno de los rasgos más distintivos de la carrera de Anya Taylor-Joy es su apuesta por representar mujeres emocionalmente complejas, alejadas del arquetipo de la «mujer decorativa» o víctima pasiva. En diversas entrevistas ha expresado su compromiso con la representación honesta de la “ira femenina”, una emoción históricamente invisibilizada o reprimida en las narrativas audiovisuales. En sus palabras: “Estoy desarrollando una reputación por defender la ira femenina. Estoy promoviendo que las mujeres sean vistas como personas. Tenemos reacciones que no siempre son delicadas o pulcras”.
Esta convicción se ha reflejado activamente en sus decisiones creativas. En The Witch, rechazó la propuesta de mostrar a su personaje llorando al ser acusada de brujería, argumentando que “ella está enojada, está furiosa… tenemos que dejar de llorar todo el tiempo”. En The Menu (2022), propuso un cambio radical en una escena clave: en lugar de mostrar sumisión o temor, insistió en que su personaje reaccionara con agresividad física, incluso sugiriendo una confrontación directa con el antagonista, lo que subvirtió las expectativas tradicionales del espectador.
Su compromiso fue aún más allá en The Northman (2022), cuando sugirió que su personaje se defendiera con un gesto explícitamente femenino y desafiante: manchar su mano con sangre menstrual antes de devolver una bofetada. Esta acción, poderosa y simbólica, fue acogida por el director Robert Eggers como un momento de gran impacto narrativo. Taylor-Joy se ha convertido así en una voz que exige nuevos lenguajes para las emociones femeninas, proponiendo una narrativa donde la furia, el poder físico, la resistencia y la agencia emocional sean también cualidades posibles y legítimas en sus personajes.
En años recientes, Anya ha protagonizado proyectos que confirman su versatilidad. Interpretó a una mutante en Los nuevos mutantes (2020), a una cantante atormentada en Last Night in Soho (2021), y se sumó al elenco de Peaky Blinders (2019–2022), serie icónica de la BBC. En El hombre del norte (2022), volvió a trabajar con Eggers en un drama vikingo visualmente apabullante.
En 2024, asumió dos de los roles más icónicos de la ciencia ficción y el cine de acción contemporáneo: Imperator Furiosa, en la precuela de Mad Max: Fury Road, y Alia Atreides en Dune: Parte Dos de Denis Villeneuve. Ambas interpretaciones, aunque muy diferentes, revelan una madurez actoral notable. La crítica celebró su interpretación de Furiosa por su fisicalidad silenciosa y dominio del lenguaje corporal, mientras que su participación en Dune sugiere futuras expansiones en la saga, posiblemente en una adaptación de Dune: Messiah.
Moda en la vida de Anya
Además de su trabajo en la pantalla, Taylor-Joy ha desarrollado una presencia notable en el mundo de la moda. Como embajadora de Dior, ha compartido campañas con figuras como Jisoo de BLACKPINK y ha sido protagonista de múltiples alfombras rojas, destacándose por un estilo que conjuga lo romántico con lo experimental. Su look en la MET Gala de 2018, un vestido barroco de Dolce & Gabbana, y su aparición en la première de The Gorge en 2025 con un corsé de Dior han generado tanto admiración como controversia, alimentando debates sobre los estándares de belleza en la cultura visual contemporánea. Aun así, Taylor-Joy ha defendido su individualidad estética, manteniéndose fiel a una visión artística que fusiona moda, performance y simbolismo.
Vida personal y legado emergente
Contrajo matrimonio con el músico Malcolm McRae en 2022, en una ceremonia privada celebrada en Nueva Orleans y posteriormente en Venecia. Su boda, documentada visualmente como un cuento gótico moderno, reafirma su sensibilidad estética singular, incluso en lo íntimo.
Más allá de su innegable belleza y su estilo icónico, Anya Taylor-Joy se ha convertido en símbolo de una nueva generación de actrices que no se conforman con representar personajes, sino que los construyen desde una honestidad emocional profunda. Su trayectoria la posiciona no solo como una intérprete destacada, sino como una figura cultural influyente en el siglo XXI.
Si bien Anya Taylor-Joy ha logrado consolidarse como una de las actrices más versátiles de su generación, su inquietud artística va más allá de la interpretación. Desde sus primeras experiencias en el set ha mostrado un interés creciente por el proceso creativo integral del cine. Durante el rodaje de Glass (2019), el director M. Night Shyamalan la invitó a sentarse junto a él detrás del monitor para observar cómo se dirige una escena, lo que encendió una nueva pasión. En sus propias palabras: “La dirección implica resolver problemas constantemente. Y a mí me encanta descubrir cómo funcionan las cosas. Eso enciende mi cerebro y me emociona”.
Desde entonces, Taylor-Joy ha empezado a explorar el rol de productora, no solo como un ejercicio técnico, sino como una vía para tener mayor control sobre las historias que decide contar. En 2024 fue confirmada como productora ejecutiva de Lucky, una serie de Apple TV+ en la que también actuará. El proyecto será realizado a través de su propia compañía, LadyKiller Productions, y promete mostrar su “lado más oscuro”, según los primeros reportes. Esta incursión marca un giro importante en su carrera: más allá de ser un rostro icónico del cine contemporáneo, Anya comienza a perfilarse como una autora audiovisual con visión propia.
Este interés por dirigir y producir también abre la posibilidad de futuras colaboraciones en español, tal como ella misma ha manifestado. Su deseo de filmar en Argentina o España, sumado a su sensibilidad estética y su conexión emocional con las culturas latinas, anticipa una expansión creativa que podría enriquecer no solo su carrera, sino también la diversidad del cine global. En un contexto donde más artistas buscan recuperar la voz autoral y generar espacios de representación genuina, Taylor-Joy aparece como una figura emergente con el potencial de liderar narrativas desde dentro y fuera de la pantalla.
Anya Taylor-Joy representa una conjunción rara de magnetismo visual, inteligencia actoral y versatilidad estética. Ha logrado transitar entre géneros, idiomas y culturas, sin perder autenticidad ni potencia narrativa. Su evolución artística, su relación con la moda, su herencia multicultural y su compromiso con personajes complejos, hacen de ella una de las figuras más relevantes del cine y la cultura contemporánea. Aún en pleno ascenso, su carrera parece apenas haber comenzado.

