La duodécima edición del Festival Bahidorá transformó el Parque Natural Las Estacas en un recorrido musical. Los asistentes vivieron una ruta que pasó del minimalismo acústico a la psicodelia electrónica. Cinco escenarios marcaron cada etapa, mientras el público se desplazaba de ríos a albercas, buscando sombra o concentrándose frente a los escenarios. La experiencia combinó música, arte y comunidad en un evento que destacó por la diversidad de géneros y la interacción constante entre artistas y público.

Comienzo introspectivo con sonidos acústicos
El 14 de febrero, el escenario principal Sonorama abrió con Kings of Convenience. El dúo noruego de indie folk propuso un set minimalista que invitó a la escucha cercana. Los asistentes se sentaron en el pasto, concentrados en cada nota, mientras realizaron ejercicios colectivos de respiración. Este inicio calmado preparó a la audiencia para la energía posterior. La acústica funcionó como introducción: un espacio de reflexión en medio del festival que contrastaba con la electrónica nocturna.
Fusiones, rap y participación del público
La transición hacia la tarde incluyó a Macario Martínez en La Estación. Su fusión de huapango, folk y rock llenó el espacio, con participación vocal constante de la audiencia. Más tarde, Paloma Morphy y Crudo Means Raw llevaron al público a formatos más interactivos, combinando covers y rap con banda en vivo. Los asistentes disfrutaron del ritmo, bailando y conectando generacionalmente con los artistas. En paralelo, se desplegaron instalaciones digitales y esculturas que complementaron la experiencia musical.
Noche electrónica y permanencia frente al escenario
Al caer la noche, los sets de Helena Hauff, Daphni y Four Tet transformaron el festival en una pista continua. HVOB presentó techno melódico con iluminación sincronizada, consolidando la permanencia frente a las cabinas. La lógica cambió del tránsito constante a la concentración en los actos finales. La diversidad diurna dio paso a la continuidad electrónica, cerrando el festival con un público que permaneció conectado al ritmo y a la atmósfera audiovisual de Las Estacas.

