En México, la violencia en las escuelas se ha vuelto parte de la vida cotidiana de miles de docentes. Según especialistas, uno de cada tres maestros trabaja en municipios considerados entre los más peligrosos del país. En total, 32 por ciento del magisterio enfrenta riesgos que van desde amenazas hasta desplazamientos forzados. Municipios como Mezquitic, Jalisco, muestran la crudeza de esta realidad.

Durante la presentación del libro Ser maestro en los márgenes, de Alberto Colin Huizar, se destacó cómo el crimen transforma la función de las escuelas. Estas pierden su sentido comunitario histórico. Los maestros ya no sólo enseñan. También se protegen, resisten y construyen redes de apoyo. La violencia en las escuelas altera cada espacio, desde el aula hasta los caminos rurales.
Luis Hernández Navarro, especialista en temas educativos, explicó que el problema no se limita a Michoacán. También ocurre en regiones como Chiapas, Zacatecas y la frontera con Guatemala. Señaló que existe una relación clara entre grupos criminales y autoridades políticas locales. No se trata de un Estado fallido, sino de políticos que aceptaron esa captura criminal.
El libro también revela cómo la industria criminal se mezcla con negocios legales. Esta alianza crea una fachada respetable que oculta delitos. Los niños viven esa realidad a diario. Los docentes se convierten en escudos. Resisten secuestros, extorsiones y amenazas. Su profesión implica un riesgo real, con vidas en peligro y comunidades vulnerables.
Maleli Linares Sánchez, académica de Zacatecas, subrayó que esta investigación incomoda pero también inspira. Muestra que, pese al miedo, los maestros son pilares comunitarios. Su trabajo va más allá del aula. Protegen, orientan y sostienen a comunidades enteras. No hay distancia entre la escuela y la violencia. Ambos mundos están entrelazados.
Nombrar estas historias es vital. Cada relato pone rostro humano a una estadística. Ser maestro en estas zonas significa ejercer una profesión de alto riesgo. Aun así, muchos docentes eligen quedarse. Enseñan, cuidan y resisten en medio de un entorno que no ofrece garantías. Su valentía sostiene territorios olvidados por el Estado.

