Opinión por Ana Gloria García Jáuregui
“Mamá y ¿mi papá?” Solía preguntar Amelia cuando era una niña, “trabajando” era la respuesta habitual y monótona de su madre. No es la única que conoce esta historia. Entre sus compañeros de clase podía oír las mismas palabras, a veces más fuerte, otras en susurros, pero al fin y al cabo con ese mensaje, un padre que no está en casa. Tal vez a ti, que estás leyendo ahora mismo, te suene familiar. La ausencia del padre, ya sea física o emocional, es un fenómeno que ha marcado la vida de muchos menores, particularmente en contextos como el mexicano, bien se sabe, que el modelo tradicional de familia ha asignado históricamente al hombre el rol exclusivo de proveedor económico, el que trabaja para mantener a la familia, el que alimenta y viste, sin embargo, aunque esta figura ha sido socialmente normalizada, sus efectos en el desarrollo emocional, psicológico y social de los niños y niñas son profundos y en muchos casos permanentes.

La figura paterna cumple una función fundamental en la construcción de identidad, en la formación de la autoestima y en el aprendizaje de habilidades sociales y emocionales. Cuando esta figura está ausente, el menor crece con una sensación de vacío y desamparo que puede manifestarse en múltiples dimensiones de su vida. No se trata solo de los padres que abandonan físicamente a sus hijos, sino también de aquellos que, aunque viven en el mismo hogar, no participan de manera activa en su crianza. Padres emocionalmente ausentes, que no escuchan, no se involucran, no consuelan ni guían, también dejan marcas profundas. Muchos menores crecen sintiendo que su padre no los ve o que ni siquiera los conocen. Este tipo de desconexión puede derivar en inseguridad afectiva, baja autoestima, problemas de conducta y dificultades para establecer vínculos sanos en la adultez. Estos niños pueden desarrollar actitudes defensivas, miedo al compromiso o dependencia emocional excesiva, en un intento inconsciente por llenar el vacío que dejó la falta de un referente afectivo sólido. A pesar de los avances sociales y culturales que han promovido una mayor implicación de los hombres en el hogar, el cambio real en la dinámica de la paternidad aún se encuentra en proceso. La transformación de los roles tradicionales choca con estructuras laborales rígidas, estereotipos de género arraigados y dinámicas familiares que muchas veces excluyen al padre de la crianza, ya sea por elección propia, por decisión de la madre o la estructura social machista. La ausencia del padre también puede estar condicionada por factores como largas jornadas laborales, múltiples empleos o separaciones conflictivas. Es decir, no siempre es un acto de abandono consciente, sino el resultado de un sistema que no facilita ni valora la paternidad activa.
Los menores afectados pueden mostrar síntomas como ansiedad, depresión, agresividad, baja tolerancia al estrés, relaciones inestables o comportamientos compulsivos. Es importante señalar que no todos los niños que crecen sin padre desarrollan necesariamente problemas graves. Lo ideal sería avanzar hacia modelos de paternidad más comprometidos, empáticos y presentes. Basta de que la madre cambie los pañales, de que sea ella quien advierta sobre los malos hombres, la que sepa la comida favorita de cada hijo. Los padres, también deben involucrarse en cuestiones emocionales. La sociedad necesita romper con los estereotipos que aún asocian la masculinidad con la frialdad emocional o la autoridad distante. Los niños necesitan padres que abracen, que escuchen, que estén disponibles emocionalmente, no solo que lleven dinero a casa. Un padre presente no es aquel que sólo cumple con lo económico, sino el que se convierte en una figura afectiva clave, que deja huella en el desarrollo integral de su hijo.

