Por Ana Gloria García Jáuregui
En Génesis y Éxodo se habla de la “Tierra Prometida”, la tierra que entregó Dios a los israelíes, llamándolo su pueblo. Desde entonces en la religión católica, la palabra Israel, ha sido mencionada innumerables veces. Dios envió a su hijo a la tierra para salvar a la humanidad, convirtiendo a Jesús en el hijo redentor. Tal es el impacto, que el tiempo se detuvo y volvió a iniciar, por eso tenemos a. C (antes de Cristo) y d. C (después de Cristo). 2025 años han pasado desde entonces y la humanidad mantiene su fe fuerte. Sin embargo, en los noticieros desde hace años se hacen presentes reportes de la guerra. Lo más reciente ha sido el ataque que sufrió Hamás por el gobierno de Benjamín Netanyahu en octubre de 2023.
El concepto de la Tierra Prometida atraviesa la historia judía, cristiana e islámica como un eje simbólico de identidad, esperanza y pertenencia. En su origen bíblico, la promesa hecha por Dios a Abraham y renovada a sus descendientes Isaac y Jacob tenía un sentido espiritual y moral: representar el pacto entre una divinidad y un pueblo elegido.
En el Libro de Josué, la llegada a la Tierra Prometida marca el cumplimiento de una larga peregrinación. Los hebreos, tras cuarenta años de pruebas y desobediencia, finalmente alcanzan Canaán. Pero el texto bíblico también contiene una lección ambivalente: la promesa divina no se realiza automáticamente, sino que requiere obediencia y fe, y su cumplimiento está mediado por la violencia de la conquista. Josué guía una campaña militar ordenada por Dios para tomar posesión de una tierra ya habitada por otros pueblos. Así, la fe en la promesa se entrelaza con la idea de una guerra santa, donde la legitimidad de la ocupación se sustenta en la voluntad divina.
Esa lectura, literalizada siglos más tarde, ha tenido profundas implicaciones políticas. La concepción de una “tierra de leche y miel” prometida exclusivamente al pueblo judío aparece en textos sagrados que delimitan su extensión “desde el río de Egipto hasta el Éufrates”. Tales descripciones, aunque de naturaleza simbólica, fueron interpretadas en algunos sectores del sionismo religioso como la justificación espiritual de un Gran Israel que incluiría partes de Jordania, Siria, Líbano y Egipto. El historiador Shlomo Sand y otros académicos israelíes han mostrado cómo esta visión fue reactivada en el siglo XX, sobre todo después de 1967, cuando Israel ocupó Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza, territorios que las Naciones Unidas reconocen como palestinos.
El sionismo, surgido con Theodor Herzl en el siglo XIX, pretendía dar una respuesta política a la persecución y el antisemitismo europeos. Su propósito era legítimo en ese contexto: garantizar un refugio seguro para el pueblo judío. Sin embargo, con la fundación de Israel en 1948, la promesa se cumplió parcialmente a costa del desplazamiento de más de 700,000 palestinos, en lo que la memoria árabe denomina Nakba (catástrofe).
Israel, lejos de ser la Tierra Prometida, es la tierra de la sangre. Con su gobierno actual, que justifica su violencia como acción militar, ha provocado el sufrimiento, dolor y muerte de los palestinos. Aunque no ha logrado comprobarse que la violencia infligida sea para eliminar al pueblo palestino, hay suficientes indicios de que ese es el plan. La idea de mantener la Tierra Prometida para unos, ha convertido la ideología en un arma para cometer el genocidio.
La Tierra Sagrada en un principio estaba destinada para ser anhelo y justicia, la tierra de Dios, pero ahora es la excusa del asesinato. Muchos pensadores judíos, como Hannah Arendt, Shlomo Sand o Ilan Pappé, han denunciado esa falsificación. Ellos recuerdan que la Biblia no puede ser un título de propiedad, ni un permiso para la crueldad. Ninguna promesa divina autoriza el hambre ni la humillación de un pueblo entero.
La mentira se repite como dogma: “No tenemos elección; es nuestra tierra”. Pero el mito de la tierra prometida exclusiva es, en realidad, una negación de la humanidad compartida. Cuando un pueblo se convence de que su sufrimiento pasado le otorga derecho a oprimir, la historia se invierte y se corrompe. Israel, nacido del trauma del Holocausto, se ha convertido en un Estado que reproduce el mismo desprecio por la vida que juró no permitir jamás.
Si Dios es el dador de la tierra ¿de cuál estamos hablando? El Dios del Antiguo Testamento envió plagas y asesinó a miles de personas que no eran fieles creyentes de él. Mientras que el Dios del Nuevo Testamento era misericordioso, amable y bondadoso, capaz de sacrificar a su hijo por las almas de cada ser humano, sin importar su religión. La violencia contra Palestina, podría explicarse desde la conducta del primer Dios, uno cruel que no reparaba en la vida, sino en la fe. Sin embargo, en los tiempos actuales, la idea que más prevalece es la de un Dios bondadoso, lo que genera una contradicción, ninguna promesa divina puede cumplirse sin compasión.
La Tierra Sagrada no debería estar delimitada geográficamente, sino que debe ser concebida como una metáfora de que la paz y el amor hacia el prójimo, como proclama el primer y el más importante de los mandamientos de Moisés, debería ser el molde de la conducta humana. Debería poder llamarse como tierra prometida, el lugar que mantiene y construye la armonía social. En estos tiempos, la Tierra Prometida no es una, sino todas.

